Una cena a oscuras, tres acompañantes de leyenda y la seguridad de
haber entrado a un mundo diferente. Goulu y CoCo se lucen al preparar una
velada inolvidable, llena de buena comida, de agradable compañía y de voces que
traspasan libros y salas teatrales.
La
noche comenzó como cualquier otra de la semana, el aire frío y la amenaza de
lluvia obligan a un piloto o paraguas. Pasando las puertas de Goulu el ambiente
cambia, no sólo se deja el frío atrás, también la monotonía. El restaurante está
casi vacío y, sin embargo, la excitación puede palparse. Todos nos preparamos para
una noche especial que, a minutos de comenzar, se siente aún lejos.
Los clientes, entre los que me cuento, llegamos como gotas y somos conducidos a la antesala, es el preámbulo de
algo más. Copitas de anís se ofrecen gentilmente y entre tantas parejas
destacamos los solitarios. Un joven bien vestido sale del lugar prohibido aún,
no parece haber visto nada del espectáculo que todos esperan. Toma asiento en
uno de los sillones y espera, al igual que todos, el inicio. Más personas
llegan y pronto la lista de invitados está completa, veinte o
diecinueve tal vez, somos conducidas a una mesa rectangular. El mantel, las
luces, las servilletas y el servicio mismo, todo hace pensar en el protagonista
de la noche. Hemos entrado al reino del Fantasma de la Opera.
El
anfitrión, Gabriel Reusa, pide nuestra atención y después de pedirnos apagar
los celulares hace la introducción. Nos habla un poco del menú, de lo que
probaremos y decido tratar de probar todo. Cuando finaliza, las entradas de la
cena llegan, las luces se apagan y, no bromeaban cuando dijeron cena a oscuras.
Necesito mi celular.
Un
reflector ilumina el frente de la mesa y allí está Christine Daaé. La mujer
tiene una voz preciosa y captura la atención de todos. Su canción termina y ¿Quién se levanta a cantar si no el joven solitario y bien vestido? Es Raoul, sabía
que había algo raro en él. Los reflectores cambian de posición y siento, más
que veo, como camina alrededor de la mesa. Se abre paso hacia Christine. Todos
estamos sorprendidos, no estamos viendo un show, somos parte de él.
La
comida sigue llegando y hace su aparición aquél por quien estuvimos esperando:
Erik, el Fantasma de la Opera. Si Christine capturó la atención de todos el
Fantastma la exige, y es imposible no obedecerle. La señorita Daeé lo
sabe, es ella quien cae primero. En el siguiente acto, con las máscaras del Carnaval
Erik decide hacer de su aparición algo memorable: Surge a nuestras espaldas y
mientras se mueve entre nosotros increpándonos, no me atrevo a mirarlo.
Con
cada acto un nuevo plato se presenta, y los sabores no hacen más que adentrarme
en la atmósfera. El pato, las salsas, incluso la entrada de huevo contribuyen a que uno se sienta en la Opera Garnier. Finalmente el nudo llega, y tan rápido como
llega se va. Entre una y otra canción Christine adquiere valor y,
sorprendentemente, el Fantasma descubre la compasión. Mientras los enamorados
se marchan y sus voces se escuchan a lo lejos, nos quedamos junto a un
solitario hombre y su cajita de música. Erik nos canta, por última vez, y es el
coro de Carnaval. Tal vez no es sorprendente la compasión que demostró. El
fantasma es un hombre después de todo, o tal vez la sombra de uno que no puede
hacer más que desvanecerse ahora.
Con
el show musical terminado, y más aplausos, los platos siguen llegando, sólo quedan dos más. Las luces se encienden pero son tenues,
brindando más tranquilidad que otra cosa. La charla fluye, esta vez más libre,
como si los secretos se hubieran ido con el Fantasma. Nuestro anfitrión vuelve
a aparecer, y nos incita a charlar, a disfrutar de una cena en compañía de
otras personas. Estoy nerviosa, nunca se me dio muy bien la charla espontánea.
A
pesar de todo tengo suerte. Una mujer me mira y decide preguntarme sobre mis
estudios, es un tema seguro así que no me preocupo. Inmediatamente la pareja
sentada a mi lado también me habla. Gracias a ellos, Nicolás y Luciana, tuve
una cena más agradable, y fotos preciosas. Hablamos un poco más hasta que llega
el postre: Torta Opera, Melocotón Melba y Crepes Suzzete. Dos delicias
inventadas por el chef de la Belle Epoqué, August Escoffier. No hay mejor
manera de terminar esta velada, excepto por un pocillo de café, pero no creo
poder comer o tomar nada más.
Una
vez terminados los postres, me despido, es hora de volver a casa y ya tengo al
menos a una amiga ansiosa preguntando cuando vuelvo. No puedo culparla, la
última vez que hice esto termine pérdida por las calles del Cerro las Rosas. La
gente que nos atiende se muestra muy amable y me llaman un taxi, pero al no
llegar uno de ellos me acompañan a tomar uno. Debo verme muy nerviosa, y no es
para menos, ya dije que me perdí antes. Antes de que el auto arranque vuelvo a
concentrarme en Goulu, el lugar parece mágico aún desde afuera o tal vez es
sólo la noche que viví. La lluvia comienza a caer y decido que es el broche que
faltaba para cerrar la velada.














